Como el viento. Como el viento rocío del noreste, benigno y fértil: los insulares le llamamos alisios. Así pasó Miguel Hernández por la vida; ligero de equipaje.
La conmemoración del centenario del nacimiento de Miguel es ocasión propicia para animar a los jóvenes a leer a uno de los poetas más grandes de las letras castellanas y para hacer una relectura fiel a los valores literarios del poeta. El objetivo de lograr que se le conozca se explica por la inmensa calidad y calidez de su obra y por un acto de justicia histórica, para no añadir una herida más, la del olvido, al hombre y al poeta de tan trágico destino.
Miguel Hernández se supo siempre en la intemperie, en la paz y en la guerra, en la literatura y en la vida, en prisión y en la cercanía de la muerte: ya vosotros sabéis / lo solo que yo voy, por qué voy yo tan solo. / Andando voy, tan solos yo y mi sombra /. Esperó tanto, hasta el final, que los últimos días de su vida los pasó esperando a que lo trasladaran de la prisión a un sanatorio antituberculoso, que le trajeran a su hijo para poder verlo por última vez.
Lo que sobresale en sus fotografías es el tamaño y la expresión de sus ojos. Sus biógrafos no se ponen de acuerdo en cuanto al color –coinciden en que eran claros-, la atención fija en todo, la mirada de una desarmada franqueza, que es todavía más notable en el dibujo que le hizo Buero Vallejo en la cárcel. Fue ese dibujo el que convirtió a Miguel no en un hombre real, sino en un icono venerado; de muchas cosas, demasiadas, cuando lo veíamos reproducido en los posters de la resistencia activa contestataria contra el fascismo, junto a Che Guevara y el Guernica; adornando nuestras habitaciones juveniles en el Colegio Mayor. La Historia nos ha dado la razón.
La cara y la mirada de Miguel Hernández formaban parte de un paisaje visual entrañable de los universitarios de la izquierda. Era difícil pensar entonces que aquél retrato hubiera sido de un hombre real, no un santo laico ni un mártir ni un símbolo, un hombre, además, que si hubiera vivido no sería entonces muy viejo, porque había nacido bien entrado el siglo, en 1910. Para morir en la prisión en manos de la ignominia de sus verdugos en 1942; la postguerra incivil.
Es propósito de esta limitada exposición servir de sencillo y sentido recuerdo en su centenario. No entro en el análisis y en el comentario de su obra porque carezco de talento para ello. Doctores hay, con seguridad, dotados de la suficiente excelencia. Para finalizar, con recogimiento me sorprendo a mi mismo susurrando con devoción su laica oración Vientos del pueblo me llevan:
Vientos del pueblo me llevan,
vientos del pueblo me arrastran,
me esparcen el corazón
y me aventan la garganta.
Los bueyes doblan la frente,
impotentemente mansa,
delante de los castigos:
los leones la levantan
y al mismo tiempo castigan
con su clamorosa zarpa.
No soy de un pueblo de bueyes,
que soy de un pueblo que embargan
yacimientos de leones,
desfiladeros de águilas
y cordilleras de toros
con el orgullo en el asta.
Nunca medraron los bueyes
en los páramos de España
¿Quién habló de echar un yugo
sobre el cuello de esta raza?
¿Quién ha puesto al huracán
jamás ni yugos ni trabas,
ni quién al rayo detuvo
prisionero en una jaula?
/……………………../
Si me muero, que me muera
con la cabeza muy alta.
Muerto y veinte veces muerto,
la boca contra la grama,
tendré apretados los dientes
y decidida la barba.
Cantando espero a la muerte,
que hay ruiseñores que cantan
encima de los fusiles
y en medio de las batallas.
Hay que leerlo tres veces. ¿A que tiene connotaciones propias y universales que pueden ser trasladadas a La Gomera? Miguel Hernández; un juglar; un ruiseñor; una brisa lisonjera. Un excelso poeta del pueblo.
Alonso Trujillo
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