 Hasta finales de los ochenta “Varada” era el grito de guerra de muchos jóvenes playeros. Ante esta palabra nos lanzábamos a coger la Ola perfecta en la bahía de San Sebastián. Sin tablas ni otros artilugios, sólo con nuestros pechos, cabalgando las olas tal como ya hacían de jóvenes nuestros padres y posiblemente los padres de nuestros padres.
Mezcla entre prueba de valor, euforia y tradición, todos esperábamos que llegaran las épocas de varadas. Recuerdo como nos peleábamos por el mejor sitio, siempre los mayores apartando a los menores, esperando que la ola siguiente fuera mayor. Entre olas aprovechábamos para organizar nuestras fiestas, hablar de pibas y todo lo que los jóvenes suelen hacer, pero todo en el mar mientras esperábamos la varada. Como anécdotas puedo recordar algún que otro golpe entre varadores, contra la orilla o con alguna piedra del fondo, gente que tenía que salir por el hoy extinto muellito debido al fuerte oleaje e incluso madres que venían a buscar mediante gritos a sus hijos para almorzar, pues permanecíamos muchas veces desde la mañana hasta el atardecer.
De entre las varadas más esperadas estaba la llamada quijada de burro. Esta ola era la unión de dos, una que rebotaba en la escollera del paseo y otra que venía de afuera. La conclusión era la más extraña ola, de forma puntiaguda que por su corta longitud sólo la podían coger unos pocos, lo cual era causa de no pocas peleas y ahogaduras.
Algunas veces, cuando venían las grandes olas, éstas había que vararlas muy por afuera de la orilla, con lo cual sólo los más veteranos salían, recuerdo como los mirábamos con admiración y casi como leyendas, pues hacían aquello que para nosotros era imposible.
Cuando el mar no nos bendecía con las olas buscábamos otros entretenimientos. Uno de ellos era lanzarnos a los remolinos del ferry Gomera cuando este salía. Esperábamos a que llegara a una distancia “prudencial” y nos tirábamos siendo empujados hacia la playa por la fuerza de las hélices. Recuerdo como el guardamuelles salía a por nosotros, cogiéndonos la ropa, en un intento por su parte de evitar lo inevitable, pues buscábamos mil y una estratagemas para engañarlo.
Otras proezas eran lanzarse de las escalas y plataformas de los barcos cuando éstos no estaban; o del paseo del muelle al mar y tener que subir por los tortuosos prismas; también tirarnos del muro de la vergüenza (aquel que separaba el Charcón de la playa de la Cueva y que hoy por fortuna no existe); y la prueba máxima, tirarse de la antorcha. Recuerdo una vez incluso que alguien fabricó un paracaídas y se lanzó del paseo del muelle, si no es por que había gente no creo que el infeliz lo hubiera contado. La verdad es que pienso que ninguno de los que lo hacíamos dejásemos a un hijo nuestro realizar tan disparatadas hazañas, pero tampoco creo que ninguno nos arrepintamos y si pudiéramos repetiríamos.
Luego el muelle creció y en consecuencia sus instalaciones así como la vigilancia. Con lo que las varadas, los remolinos y algunas de las proezas desaparecieron del abanico de posibilidades de aquella juventud que buscaba ante todo divertirse y pasarlo bien aprovechando los medios de que disponíamos, desde luego las alternativas eran bien pocas.
De vez en cuando aparecen olas en la parte más al sur de la playa y desconozco si la juventud actual aun sigue realizando cosas como estas. Hoy existen muchas más alternativas y están menos olvidados por las instituciones, pero desde luego yo en parte me adscribo a aquello de que cualquier tiempo pasado fue mejor.
Dedico estas palabras a los miembros de la última generación que pudimos disfrutar de todo aquello.
Eseken (Edición impresa), Nº 18. Página 20.
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